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Somos genética y contexto: una lección para las ciencias del comportamiento

Una investigación reciente sugiere que la herencia biológica también influye en factores sociales como el estatus socioeconómico, lo que plantea nuevos retos para el diseño de intervenciones conductuales.

¿Alguna vez has escuchado eso de ‘menudo crack para las matemáticas, eres igualito a tu madre’ o algo como ‘menudo carácter, es el mismito que el de tu abuela? Socialmente, hemos aceptado que nuestros talentos y nuestra forma de ser son un calco de nuestra familia. De casta le viene al galgo, ¿no? Si bien estas afirmaciones cuentan con respaldo empírico, los hechos que las respaldan no están del todo claros. ¿Nuestro comportamiento depende de la genética o de lo que aprendemos de la familia? Durante años, muchos profesionales se han decantado por una o por otra explicación, pero lo cierto es que nadie tiene razón. O todo el mundo, según cómo lo veamos. Porque la realidad es que somos genética y contexto.

En BeWay, esta es la mirada que guía nuestro trabajo en el diseño de intervenciones conductuales. Este término —el de intervenciones conductuales— puede sonar muy técnico, pero no es otra cosa que trabajar con empresas para entender qué les va bien, qué no tan bien y llevarlas allá donde quieran llegar mejorando el comportamiento humano. Es decir, actuamos sobre su funcionamiento (de ahí lo de intervención) trasteando en el comportamiento individual de los empleados y en el del cómputo general de las organizaciones (de ahí lo de comportamental).

Ahora bien, el concepto ha podido quedar muy simplista, pero de simple no tiene nada. No lo es, porque entender el comportamiento humano es muy complejo. Aquí es donde retomamos que somos genética y contexto. Las aptitudes y actitudes de alguien no se pueden entender sólo con una variable genética o contextual. De hecho, nos gustaría que echásemos un vistazo a un trabajo publicado en Nature Human Behaviour y que pone de manifiesto esto que estamos diciendo, utilizando como ejemplo el estatus socioeconómico de las personas.

El estatus socioeconómico se describe típicamente —y según los autores— por cuatro variables: ingresos, educación, ocupación y riqueza. Cuanto más alto puntúes en todo, mayor será tu estatus socioeconómico y al revés. A priori, en estas variables, la genética no tendría cabida por ninguna parte, ¿no? Pues la investigación ha concluido todo lo contrario.

Genética y estatus

Según explican los propios autores, «la investigación genómica está revelando consecuencias genéticas previamente ocultas de la forma en que se organiza la sociedad, ofreciendo conocimientos que deben abordarse con cautela en la búsqueda de una sociedad justa y funcional».

¿Y esto cómo puede ser? Vamos a verlo con el gran juego de la construcción de la vida.

Al nacer, heredamos de nuestros padres un conjunto único de variantes genéticas, como si nos entregaran una caja de piezas con las que empezar a construir nuestra vida. Algunas de estas variantes están asociadas con mayor facilidad para el razonamiento lógico, otras con una inclinación hacia la perseverancia, la sociabilidad o la sensibilidad emocional. Son miles de pequeñas instrucciones distribuidas a lo largo del genoma, que influyen, sin determinar del todo, nuestra personalidad, nuestras habilidades y cómo respondemos a lo que nos rodea. Puedes imaginarlo como piezas de Lego: cada quien recibe un conjunto distinto con el que levantará su propia torre, su biografía. Los genes no imponen un destino, pero sí ofrecen un repertorio con el que improvisar.

Ahora bien, nadie construye su torre en el vacío. Todo ocurre en un entorno: el barrio donde creces, la calidad del aire que respiras, la escuela a la que asistes, las emociones que circulan en casa, las oportunidades o amenazas que te rodean. Estos factores ambientales no son secundarios: interactúan con tus genes en cada etapa del desarrollo. Un entorno favorable, rico en estímulos, afecto y recursos, puede potenciar ciertas capacidades genéticas, como el abono potencia una semilla. Un entorno hostil, en cambio, puede sofocar incluso los talentos más prometedores.

Y aquí es donde entra en juego la sociedad, como el gran marco que moldea el contexto. Las políticas públicas, la distribución de la riqueza, la historia de un país o una comunidad, todo ello configura el terreno donde los individuos crecen. Y ese terreno, a su vez, selecciona, ordena y agrupa a los jugadores del juego. Quienes comparten ciertas ventajas genéticas, como una predisposición al éxito académico o a una salud robusta, tienden a reunirse en entornos similares. No es casual que los vecindarios más acomodados concentren tanto recursos como ciertos perfiles genéticos: la sociedad facilita esa agrupación.

Un círculo ‘vicioso’

Esto tiene consecuencias a largo plazo. Porque no sólo elegimos pareja dentro del grupo social al que pertenecemos, lo que implica que también compartimos ciertos rasgos genéticos, sino que, con el tiempo, esta dinámica refuerza la transmisión de determinadas combinaciones genéticas dentro de ciertos entornos. Es un círculo: tus genes te ayudan a encontrar tu lugar, pero tu lugar también condiciona qué genes se mezclan y cuáles se transmiten a la generación siguiente.

Genética y ambiente no son fuerzas separadas. Son dos caras de una misma historia, profundamente entrelazadas. No podemos entender la una sin la otra, porque juntas escriben, con bloques y paisajes, la arquitectura compleja de lo que somos. Este hallazgo no sólo sacude a las ciencias sociales, interpela directamente a quienes trabajamos diseñando cambios de comportamiento. Hoy, muchas empresas aplican métodos experimentales, como los famosos test A/B, para evaluar la eficacia de distintas estrategias sobre decisiones del cliente: qué mensaje fomenta más el ahorro, qué diseño aumenta el uso de una funcionalidad, qué canal mejora la conversión. Pero muchas veces, estos experimentos se apoyan en una premisa demasiado simplista: la idea de que los individuos son comparables salvo por el estímulo que se les presenta.

Lo que revela la investigación es que esa homogeneidad es ilusoria. El estatus socioeconómico no sólo segmenta a las personas en función de ingresos o nivel educativo, sino que condensa diferencias más profundas: acceso a recursos, calidad de vida, exposición al estrés, y también a predisposiciones biológicas que afectan la manera en que respondemos a los incentivos. No se trata de esencialismo, sino de reconocer que la biología y el entorno están entrelazados de forma constante y dinámica. La genética influye en cómo nos adaptamos al contexto, y el contexto, a su vez, puede activar o silenciar predisposiciones genéticas.

Diseño experimental

Esto tiene implicaciones cruciales para el diseño experimental en ciencia del comportamiento aplicada. Por ejemplo, si en un experimento una de las alternativas muestra mejores resultados, ¿podemos afirmar que es “mejor” en términos absolutos? ¿O estamos observando una eficacia diferencial que depende de cómo se distribuyen variables como el estatus socioeconómico entre los grupos? Si no controlamos esas covariables, no sólo arriesgamos perder precisión, corremos el riesgo de extraer conclusiones injustas o ineficaces.

En BeWay, nos hemos enfrentado a estos dilemas una y otra vez. Por eso defendemos con firmeza el uso de modelos multivariables: afinan la precisión estadística y, a la vez, permiten ver lo esencial.

El comportamiento humano no nace en el vacío. Es hijo del azar genético, de las trayectorias familiares, del barrio donde creces, del colegio que te toca, de las pequeñas y grandes biografías inscritas en el cuerpo y en el contexto. Sabemos que, en muchos casos, incorporar covariables supone un esfuerzo adicional para nuestros clientes, porque exige localizar datos, depurarlos e integrarlos con cuidado. Pero ese esfuerzo tiene un retorno altísimo. Permite que los experimentos sean técnicamente más sólidos, más justos, más representativos y útiles. Un modelo que ignora el contexto puede ser más fácil de construir, pero es menos capaz de comprender.

Diseñar sin tener en cuenta esa complejidad es como hacer navegación sin cartas ni brújula. Reconocer que somos el resultado de esa interacción constante entre biología y entorno no significa rendirse al determinismo. Significa, más bien, que si queremos cambiar conductas, debemos empezar por comprenderlas en su totalidad. Lo demás es simplificación peligrosa.

Somos genética y contexto. Y todo experimento que no lo considere estará, en el fondo, mal calibrado.


Team

Francisco Ceballos

franciscoceballos@beway.com

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